A más sol, más arrugas.


asolearse

La radiación ultravioleta es el más agresivo de todos los agentes “antijuventud” que existen. Para comprobarlo, no tienes más que observar la diferencia entre la piel de zonas poco expuestas, como la espalda o los glúteos, con otras como la del escote o las manos.

El sol degrada las fibras de colágeno y de elastina, el tejido de sostén de la piel, provocando flacidez y arrugas. A diferencia de las provocadas por el paso del tiempo, que siguen las líneas naturales de expresión (piensa, por ejemplo, en las patas de gallo o en los surcos nasolabiales, que se marcan al hablar o sonreír), las arrugas provocadas por el sol tienen un aspecto romboidal y cuarteado, como de cuero.

La mejor forma de evitarlas es mantenerse protegida del sol desde la más tierna infancia, puesto que la piel tiene memoria y guarda el recuerdo de cada rayo y cada quemadura de más, que luego se traducen no sólo en arrugas, sino también en manchas.

Aunque parezca increíble, una insolación a los 18 acaba siendo visible allá por la treintena, momento a partir del que empezamos a pagar la factura de cada quemadura y bronceado del pasado.

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