El beso.



¿Te has preguntado por qué las personas necesitamos besar y que nos besen?. Un beso es sinónimo de amor, amistad, respeto y, aunque no lo creas, en algunas culturas, hasta de repugnancia.

¿Qué significa besar?
La palabra “beso” proviene del latín basiare, y ésta, a su vez, del sánscrito bhadd: abrir la boca. Ya en tiempo de los romanos, había tres términos para designar la palabra “beso”:

  • Suavium, beso de amor.
  • Osculum, beso amistoso y religioso.
  • Basium, beso entre amantes y de saludo.

El lado científico.
Un beso es algo más que aplicar los labios a una mejilla o a unos labios. Cuando alguien que nos gusta nos da un beso, sentimos una especie de corriente eléctrica que, según los científicos, es un intercambio de descargas bioeléctricas positivas que rápidamente se transmiten al cerebro, lo que ocasiona la excitación y una sensación sumamente placentera. Sentirnos en las nubes tiene una explicación completamente racional: cuando recibimos un beso, nuestra mente vuela muy lejos y se imagina lo que vendrá después. Esta actitud psicológica va unida a un cambio físico, porque segregamos una mayor cantidad de endorfinas, las hormonas del placer que también se encargan de que no sintamos dolor. Imagínate que si no hay dolor y existe una sobredosis de estas hormonas, la sensación de bienestar se multiplica. Eso es un beso.

No apto para cardiacos.
Dicen que cuando estamos enamorados nuestro corazón late con mayor frecuencia y fuerza, y es cierto. Durante el beso, nuestra presión arterial puede aumentar de 70 a 150 pulsaciones por minuto, y el corazón puede llegar a bombear un litro más de sangre. Por eso, si padeces del corazón, ¡cuidado! De hecho, hay algunos investigadores que opinan que estos cambios tan bruscos en nuestro organismo, no son benéficos, ya que cada beso, dado como Dios manda, puede acortar nuestra vida hasta en tres minutos. ¿Será cierto? Porque si es así, por unos 148,071 besitos, perdemos un año de vida.

Se dice que el beso pudo nacer en la Edad de Piedra, cuando el hombre de las cavernas lamía el rostro de sus congéneres para satisfacer su necesidad de sal (¿te imaginas?). También puede tener sus orígenes en un antiguo proceso primitivo que consistía en comer las cosas para apropiárselas. Otros investigadores y antropólogos opinan que todo empezó en Grecia, alrededor del año 500 a.C., cuando los hombres se reunían a platicar y a tomar vino. Al regresar a sus casas, las esposas les “probaban” la boca para saber si habían tomado.

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